domingo, 24 de mayo de 2015

Es frecuente que las personas guardemos en nuestro interior uno o varios volcanes dormidos, a veces es un amor imposible (estaba casad@), dolor, rabia porque alguien nos robó nuestro futuro, o una pena incomesurable como aquella criatura que no llegamos a conocer o engendrar. Todo está en nuestro interior hasta que fuerzas desconocidas e imparables hacen salir a la superficie ríos de fuego y lágrimas, palabras que revientan porque se ha agotado su tiempo de penumbra.
Muchas veces, el destinatari@ guarda silencio, un silencio que considera elegante y prudente, pensará acaso que de esta manera demuestra su superioridad hacia el otro, pobre ser sufriente, victíma de un alma más apasionada y frágil que la suya.
El volcán volverá a ser montaña y silencio, pero, su erupción quedará escrita por los siglos en el paisaje de la vida.

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