Michael Jackson, Magia y Amor
EN EL BOSQUE (Discurso de Ana Mª Matute en su entrada a la
REAl Academia de la Lengua)
enviado por Amparo Vázquez
Defensa de la fantasía
Tengo que pronunciar un discurso y yo no sé pronunciar
discursos. Apelo, pues, a vuestra benevolencia y os ruego que aceptéis estas
palabras mías como la expresión de lo único que soy capaz de hacer y de la
única razón por la que he llegado hasta aquí: yo soy una contadora de
historias. Por ello, desearía aprovechar esta ocasión tan extraordinaria para
hacer un elogio, y acaso también una defensa, de la fantasía y la imaginación
en la literatura, que son para mí algo tan vital como el comer y el dormir, y
que opongo a la aridez de la actitud que tan a menudo nos rodea, que se niega a
ver la dimensión espiritual de lo material.
Así, es mi intención invitaros, en este discurso mío tan poco
erudito y tan poco formal, a ensayar una incursión en el mundo que ha sido mi
gran obsesión literaria, el mundo que me ha fascinado desde lo más temprano de
la infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el
"bosque" que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía,
del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la
palabra.
Y desearía hacerlo bajo la invocación de «Alicia en el país de
las maravillas», con los siguientes versos: "Recibe, Alicia, el cuento y
deposítalo / donde el sueño de la Infancia / abraza a la Memoria en lazo
místico, / como ajada guirnalda / que ofrece a su regreso el peregrino / de una
tierra lejana".
El momento en que Alicia atraviesa la cristalina barrera del
espejo, que de pronto se transforma en una clara bruma plateada que se disuelve
invitando al contacto con las manitas de la niña, siempre me ha parecido uno de
los más mágicos de la historia de la literatura, quizá el que ofrece un mito
más maravilloso y espontáneo: el deseo de conocer otro mundo, de ingresar en el
reino de la fantasía a través, precisamente, de nosotros mismos.
Porque no debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es
otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra
propia realidad. Desearía, pues, exhortaros a participar, durante el breve
tiempo de este atípico discurso, de la fascinación que sin duda constituye la
cifra de mi obra, y acaso también de mi vida: la posibilidad de cruzar el espejo
e internarse en el bosque de lo misterioso y de lo fantástico, pero también del
pasado, del deseo y del sueño. No pretendo que abandonemos este mundo, nuestro
mundo, sino tan sólo que nos aventuremos por unos instantes en los otros mundos
que hay en éste.
Es ésta una fascinación eminentemente literaria, pero no sólo.
Porque los bosques siempre han sido importantísimos para mí. Su mera imagen
siempre me ha sugerido toda suerte de historias y leyendas, de recuerdos que
ignoraba poseer, pero que estaban ahí, confundidos entre los árboles o
escondidos en la espesura de los zarzales.
Antes de saber leer, los libros eran para mí como bosques
misteriosos. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo es posible que de aquellas páginas
de papel, de aquellas hormiguitas negras que la surcaban se levantara un mundo
ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de
sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi
alrededor? Criaturas, deseos, sueños, personas y personajes, y tiempos desconocidos
bullían allí. De pronto, la palabra hablada se orientaba entre los árboles y
los matorrales, descorría el velo y hacía que apareciesen ante mis ojos cuantas
innumerables miradas, memorias y atropellos pueblan el mundo. "Cuando yo
sea mayor –pensaba– haré esto". Ni siquiera sabía que "esto" era
participar del mundo imaginario de la literatura.
Después, cuando ya había aprendido a descifrar esos signos
misteriosos, la primera vez que leí la palabra "bosque" en un libro
de cuentos, supe que siempre me movería dentro de ese ámbito. Toda la vida de
un bosque –misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y
transparente – encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatorio de
las palabras. Jamás había experimentado, ni volvería a experimentar en toda mi
vida, una realidad más cercana, más viva y que me revelara la existencia de
otras realidades tan vivas y tan cercanas como aquella que me reveló el bosque,
el real y el credo por las palabras.
Porque el bosque era el lugar al que me gustaba escapar en mi
niñez y durante mi adolescencia; aquél era mi lugar. Allí aprendí que la
oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben
en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo;
que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que
existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que
jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán.
Todas esas voces, esas palabras, sin oírse se conocen, en el
balanceo de las altas ramas, en la profundidad de las raíces que buscan el
corazón del mundo. Allí presentí y descubrí, minuto a minuto, la existencia de
innumerables vidas invisibles, el rumor de sus secretos comunicándose de hoja
en hoja, de tallo en tallo, de gota en gota de rocío, conducidos a través del
bosque por los diminutos habitantes de la hierba.
Al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada
en el cuarto oscuro. Comencé a sentir y saber que el silencio se escucha y se
oye, y descubrí el fulgor de la oscuridad, el incomparable y mágico resplandor
de la nada aparente.
De la oscuridad surgía, gracias a las fantasías y a las
palabras, un mundo idéntico al de los bosques, un mundo irreal pero, al mismo
tiempo, más real aún que el cotidiano, un mundo que pronto se convertiría para
mí en una auténtica tabla de salvación. Si no hubiese podido participar del
mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me
habría muerto.
Así de reales eran aquellos mundos en los que me sumergía,
porque los llamados "cuentos de hadas" no son, por supuesto, lo que
la mayoría de la gente cree que son. Nada tienen que ver con la imagen que, por
lo general, se tiene de ellos: historias para niños, a menudo estupidizadas y trivializadas
a través de podas y podas "políticamente correctas", porque tampoco
los niños responden a la estereotipada imagen que se tiene de ellos.
Los cuentos de hadas no son en rigor otra cosa que la expresión
del pueblo: de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de
padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia. De padres
a hijos, de boca en boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas.
Pero en esas leyendas, en aquellos "cuentos para
niños" –que, por otra parte, fueron recogidos por escritores de la talla
de Andersen,Perrault y los hermanos Grimm, por ejemplo – se mostraban sin
hipócritas pudores las infinitas gamas de que se compone la naturaleza humana.
Y allí están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y
la miseria del ser humano.
No desdeñemos tanto la fantasía, no desdeñemos tanto la
imaginación, cuando nos sorprenden brotando de las páginas de un libro trasgos,
duendes, criaturas del subsuelo. Tenemos que pensar que de alguna manera
aquellos seres fueron una parte muy importante de la vida de hombres y mujeres
que pisaron reciamente sobre el suelo y que hicieron frente a la brutalidad y a
la maldad del mundo gracias al cultivo de una espiritualidad que les llevó a
creer en todo: en el rey, en los fantasmas, en Dios, en el diablo...
El abandono de la barbarie de alguna forma va ligado a esas
creencias, a esa fe ingenua e indiscriminada. No seamos tan descreídos, no
tanto como para imponer la desmemoria al conocimiento, si no queremos
encontrarnos, al final, con las manos vacías. No olvidemos que el diablo entra
en todos los conventos, que Dios reside en todas las criaturas vivas del mundo,
que la palabra descubre, desentierra del olvido o de la indiferencia futura
aquello que nos hace distintos de las bestias.
Percibí claramente el curso de los ríos escondidos y el sueño de
las tormentas apagadas, que duermen incrustadas en las cortezas de los viejos
troncos, aún fosforescentes. El aire del bosque entero parece sacudido, vibra,
se cruza de relámpagos fugaces. Los gritos de todos los pájaros heridos, el
último lamento de los ciervos inmolados, la sombra de los niños perdidos en la
selva, miles y miles de gritos, todos los gritos vagabundos y los que anidan en
los huecos de los árboles, parecen uno solo, terrible y armónico a la vez.
Es la antiquísima voz que se eleva desde lo más profundo de la
primera historia contada. Es la historia de todas las historias que siempre
quise y quiero contarla. Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación
y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la
realidad de nuestra vida. Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se
olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque, como ya he dicho,
nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad.
Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de
las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de
fabulaciones..., porque los sueños, las fabulaciones e incluso las
adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad.
Yo escribo también para denunciar una realidad aparentemente
invisible, para rescatarla del olvido y de la marginación a la que tan a menudo
la sometemos en nuestra vida cotidiana. Porque escribir, para mí, ha sido una
constante voluntad de atravesar el espejo, de entrar en el bosque. Amparándome
en el ángulo del cuarto de los castigos, como apoyada en algún silencioso
rincón del mundo, me vi por vez primera a mí misma, avanzando fuera de mí,
hacia alguna parte a donde deseaba llegar. Hacia una forma de vida diferente,
pero certísima, aunque nadie más que yo la viera. En las sombras surgía, de
pronto, la luz; recuerdo que ocurrió un día, al partir entre mis dedos un
terrón de azúcar y brotar de él, en la oscuridad, una chispita azul. No podría
explicar hasta dónde me llevó la chispita azul: sólo sé que todavía puedo
entrar en la luz de aquel instante y verla crecer. Es eso lo que me ocurre
cuando escribo.
Porque escribir es, qué duda cabe, un modo de la memoria, una
forma privilegiada del recuerdo; yo sólo sé escribir historias porque estoy
buscando mi propia historia, porque acaso escribir es la búsqueda de una
historia remota que yace en lo más profundo de nuestra memoria y a la que
pertenecemos inexorablemente.
Escribir es como una memoria anticipada, el fruto de un malestar
entreverado de nostalgia, pero no sólo nostalgia de un pasado desconocido, sino
también de un futuro, de un mañana que presentimos y en el que querríamos
estar, pero que aún no conocemos, una memoria anticipada, más fuerte aún que la
nostalgia del ayer, nostalgia de un tiempo deseado donde quisiéramos haber
vivido.
La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar,
de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero
también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo
de una posibilidad mejor. Para mí, escribir es la búsqueda de esa posibilidad.
Una búsqueda, sin duda. Y, a veces, hasta feroz. Algo parecido a una incesante
persecución de la presa más huidiza: uno mismo. Esta búsqueda del reducto
interior, esta desesperada esperanza de un remoto reencuentro con nuestro «yo»
más íntimo, no es sino el intento de ir más allá de la propia vida, de estar en
las otras vidas, el patético deseo de llegar a comprender no solamente la
palabra «semejante», que ya es una tarea realmente ardua, sino entender la
palabra «otro». Es el camino que un escritor recorre, libro tras libro, página
tras página, desde lo más íntimo a lo más común y universal. Sólo así lo
personal se vuelve lícito.
Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y
la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo
que tenemos los seres humanos.
La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más,
para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a
la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y
exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la
hemos hallado. Como la reconstrucción del instante en que alguien lloró por
primera vez: un momento doloroso y difícil. Qué extraño e insólito, qué
asombroso parece, y también, que sencillo y verdadero.
Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra,
una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es
para mí la persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayude a
alcanzar la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda
llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento un velero en calma
sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa
que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o
futuro, o recuerdo. Que puede llamarse "tú" o "yo". (...)
La palabra "hermano", la palabra «miedo», la palabra
"amor", son palabras muy simples, pero llevan el mundo dentro de sí.
No siempre es fácil, ni sencillo, descubrirlo. Hay que intentar alcanzar el
oculto resplandor de esas palabras, de todas las palabras, o de una sola que
todavía nadie oyó nunca pronunciar.
Toda mi vida ha sido una constante búsqueda de esa palabra capaz
de iluminar con su luz el país de las maravillas que tanto nuestro mundo como,
sobre todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre nosotros sabemos
indagar. Porque las palabras –lo diré, para terminar, con los versos que
cierran el poema de "Alicia"–: «Invaden un País de Maravillas... / Es
como ir por un caudal corriendo, / Ligero y tan fugaz como un destello..."
Porque "La vida, dime: ¿es algo más que un sueño?"
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