Debo confesar que mi corazón se alegra cuando alguien administra a un desalmado una cucharada de su propia medicina.
A menudo pienso en cuan necesario es el silencio, el sentir los acontecimientos, más que oírlos, levantar una cerca, no muy alta, pero sí lo suficiente para señalar nuestro espacio interior y que el ruido no apague nuestra voz ni nos quite nuestra paz.
Michael pensó un mundo donde los más débiles fueran amparados, cuidados y protegidos, nos invitó a su causa. He de recordarlo cada día para no sucumbir al desánimo, debo recordar que fui rebelde antes que niña, y que no hay ningún motivo para engrosar las filas de los apacibles conformados.

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